Ravensbrück ( solo para mujeres)

 

 

               Cuando llegamos aquel terrorífico lugar, en donde los hombres eran meros instrumentos mecánicos de quienes ejercen el terror. Mi sangre se helo. Jamas podría haberme imaginado que mi vida fuera a terminar en aquel lugar, teniendo muy claro desde aquel instante que seria el ultimo que pisarán mis estilizados zapatos de tacón de aguja. Ellos habían estado en todos los despachos que me habían dejado visitar, solo con una única idea, salvar el pellejo. La policía criminal conocida como Kripo impulso el arresto preventivo y  habían cogido a todas las prostitutas, homosexuales, gitanas, vagabundas, discapacitadas, éramos un grupo llamados antisociales. Teniendo claro en aquel mismo instante que seria el ultimo lugar donde podría ponermelos. Esto fue lo que me hizo agudizar mis instintos, la supervivencia era lo único que valía en aquel campo de concentración, donde solamente estábamos recluidas un determinado numero de personas, minoría étnica o religiosa, daba igual, todas tendríamos el mismo fin, ninguna de nosotras tendría un juicio.

             Todas las mañanas un grupo de mujeres habían desaparecido y jamas sabrían donde las llevaban, solo que no volverían. El presente era lo único importante en aquellos barracones, llenos de cuerpos hacinados de mujeres desconocidas, los rostros de todas ellas, marcaron aquellos tres primeros días, en los cuales decidí pensar con rapidez, ya que las sombras me asustaban.

             Nada mas amanecer aquel cuarto día, me dejaron salir por primera vez al patio, donde podría respirar un poco de aire, actúe con rapidez, y al pasar al lado de aquel militar endiosado, le pise con mi tacón de aguja su lustrada bota negra, era dura, muy dura, pero mi pisotón estaba dado con la intención de que aquel hombre sintiera el dolor de este. En aquel momento me miro a la cara y levanto su mano para humillarme y abofetearme, fue en aquel preciso instante, cuando lo mire dulcemente a los ojos y con una sonrisa frívola le dije sin vacilar:

         ------ Disculpe caballero no era mi intención.

             Me miro con desprecio. En aquel instante roce con mi culo su pierna, muy sensualmente acercándome hacia su bragueta, el no se inmuto, no movió su cuerpo ni un centímetro. El cual aproveche para tocar por encima de esta su poderosa entrepierna. Me volví en aquel momento y le dije acercándome lo mas que pude a su bello rostro:

         ------ Te lo devolveré con caricias.......

             Seguí hacia adelante, con mi gracioso contoneo de mujer fatal, aquel patio estaba lleno de piedras. Los tres días anteriores había estado descalza, con unos calcetines militares gordos de lana encima de mis medias de seda, llevándolos conmigo en todo momento ya que no me fiaba de las mujeres de allí. Aquellos tacones los había ganado con el sudor y la fuerza de mi poder sexual. Ellos serian la única arma que me quedaba en aquel inmundo lugar lleno de ratas y poderosos uniformes satíricamente deshumanizados.

             Aquel día fue uno traído por los dioses, y gobernó el sol. Aunque el frío era muy poderoso, en unos minutos de descanso sentada frente aquella verja, la cual comunicaba con otro patio lleno de mas mujeres. Me abrí mi abrigo color mostaza y descubrí mis hombros al astro que presidía los cielos, mis cuarenta y cuatro años estaban muy bien puestos y mis elegantes formas eran un atrayente sexual muy fuerte. Asta este día había estado escondida detrás de aquel gran abrigo color mostaza, el cual para que no me despojaran de el, tuve que mantener relaciones sexuales con varios altos cargos de aquellos despachos.

            Al volver al barracón ya al atardecer, me quede rezagada para poder entrar la ultima, el mismo bello hombre de la mañana, seria él que cerraría aquella puerta, la cual no se abriría asta la amanecer siguiente. Tenia claro que él me había visto y mi incuestionable contoneo de mujer fatal lo tenia trastornado. 

            Al pasar junto a este, el dio una orden al compañero con la mirada y cerraron la puerta ante mis ojos, la encerrona había sido perfecta, conseguiría lo que había estado tramando durante esos tres días que estuve tras la mascara de mi abrigo color mostaza. El que llevaba las llaves cerro la segunda puerta, que comunicaba con el patio exterior y en aquel despacho solo estábamos los tres. Ellos se miraban con complicidad, mientras yo me senté en aquel sillón del oficial, era de madera y cuero negro, puse mis zapatos de tacón de aguja encima de aquella mesa y muy lentamente me quite aquellos calcetines y empece a lavarme los pies con una botella de agua que había encima de ella, masajeandomelos con suavidad y delicadeza, sensualmente cada gota sobre mis pies descalzos eran la vida. Cuando los tuve limpios me dispuse a ponerme las medias que llevaba en el bolsillo de mi abrigo, levantándome aquel vestido negro, deslumbrando los encajes de mi enagua, de seda roja. Sujetándomelas con las ligas y otra vez aquellos zapatos de charol rojos, los cuales llevaba con mucho orgullo y sensualidad. Ellos estaban cómodos, al levantarme el oficial de mayor grado dejo su gorra sobre la mesa y se sentó en mi lugar, pase mis dedos sobre esta y recogiéndome mi pelo negro me la puse, ello fue motivo de sonrisas por parte de los dos hombres, que insinuantemente veía tras sus braguetas, su sexo emergía de vitalidad. Esto me excito y desabrochando aquel abrigo, lo deslice por mis hombros hasta que cayo al suelo, ande un paso y teniéndolos a los dos de frente, gire mi cuerpo, bajando la cremallera de mi vestido, dejándolo caer junto a el. Solo me quedaba mi ropa interior y aquellos zapatos de tacón rojos, la gorra y el poder del sexo. El duelo seria a muerte, para mí era una cuestión de honor. 

             Fue en aquel instante cuando el oficial de la SS. ( Schutzsaffel o unidad de protección) de mayor grado le dijo compañero:

        ------ Ves y trae una botella Slivovitz (Brandí de ciruela elaborado en los Balcanes). Vamos a invitar a  esta señora.

            Su poderosa voz era sarcástica y al mismo tiempo endemoniadamente sensual, ello me ponía mucho más cachonda, decidiendo en el momento que el compañero salió de aquel despacho, sumisamente ponerme de rodillas y empece a desabrocharle aquel cinto, lleno de herrajes. El se apresuro a ayudarme, mientras la protuberancia de su sexo emergía de aquellos pantalones, en segundos tenia la bragueta bajada y su sexo jugueteando entre mis manos. En aquel instante, aquel duro hombre cerro los ojos, extasiado de placer. Mientras yo acercaba una de mis manos aquel zapato de tacón, que oprimía mi pie entre este y el muro de la pared. En este instante el volvió abrir sus ojos. Yo hice el ademan de quitármelo mirándolo con sensualidad y vicio, volviéndolos a cerrar  lleno de placer. Fue en este segundo en el que sin pensármelo un momento. Cojo mi zapato y con toda la fuerza que mi cuerpo tenia dentro de este, le clave aquel tacón entre las cejas de su rostro, su última mirada mientras con mi mano izquierda le oprimía su sexo, fue placentera, se agarró con firmeza aquel sillón. No podía hablar las gotas de sangre, le caían sobre su rostro a su sexo, bajo la mirada hacia este, mientras se desvanecía entre la vida y la muerte.

            Me quedaban muy pocos minutos mientras volvía el otro oficial, vistiéndome rápidamente. Cojo aquella pistola repetidora de cañón único que tenía en su cinto, y como una señora sobre aquellos fantásticos zapatos de tacón de aguja rojos. Mirando fijamente aquel hombre. En aquel instante muy sensualmente pensé, en el sexo de aquel desgraciado, que minutos antes tenía con aquella misma mano, apretándolo, con suavidad y sensualidad, este fue mi ultimo pensamiento. Cerré mis ojos metiendomela en mi boca y apreté aquel gatillo.

            Firmado: Reyes Caballero